Un escritor sueco, Fredrik Lindström, ha publicado varios libros y realizado una serie de televisión sobre el lenguaje, el sueco en este caso. El libro más famoso se llama “världens dåligaste språk”, que se podría traducir aproximadamente como “el idioma más peor del mundo” (sic).
De forma amena y divulgativa, Lindström aborda diversos temas de interés: neologismos, el origen de algunas expresiones, las onomatopeyas (más presentes de lo que uno a veces piensa), la relación entre el sueco y el omnipresente inglés; y un largo etcétera.
Es interesante la supuesta “democratización” que defiende este escritor. Considera que es necesario ser flexible con el idioma, que es una cosa viva, que cambia con la sociedad; y que por tanto deberíamos aceptar con más facilidad palabras nuevas y expresiones que hoy día sólo están en la calle y no en los diccionarios.
Cierto es que los idiomas cambian y que hay muchas expresiones y palabras que se han popularizado tanto, que es necesario aceptar la evidencia de que ya forman parte del idioma. A nadie se le ocurriría ahora evitar la palabra “fútbol” y sugerir emplear exclusivamente “balompié”, por poner un ejemplo.
El problema de este planteamiento es que, llevado al extremo, puede llevar a situaciones un tanto ambiguas, en las que el lenguaje se llena de complicaciones innecesarias. La excesiva flexibilidad puede hacer que los árboles no nos dejen ver el bosque.
El asunto tiene más relevancia en estos tiempos en los que las nuevas tecnologías han cambiado la forma en que los seres humanos nos comunicamos. Hasta hace relativamente poco tiempo, la comunicación escrita era casi la excepción. Ahora, los correos electrónicos, los foros en internet y los mensajes al teléfono móvil han multiplicado la importancia del lenguaje que se escribe y se lee.
Y esta creciente importancia de la comunicación escrita ha puesto de manifiesto, y de qué manera, el lamentable conocimiento que muchos ciudadanos de habla hispana tienen sobre nuestro idioma, el español.
Muchas veces se envían correos electrónicos con barbaridades de muy diversa índole: “haber si alguien…”, “me puedes hechar una mano…”, “me puedes explicar porque has hecho esto…” y un largo etcétera de atropellos ortográficos, sintácticos y demás.
Quizás, aceptando la democratización del lenguaje de la que hablaba Fredrik Lindström, habría que sustituir “que” por “q” si una considerable mayoría de la población lo escribe en sus comunicaciones diarias. La cuestión es si esto no traería nuevos problemas. Por continuar con este ejemplo, una cosa es el pronombre relativo “que” y otra cosa es el interrogativo “qué”. Pequeña distinción que se le escapa a muchos, pero que está ahí por algo.
Demasiadas veces circulan frases como éstas, en páginas de internet y en correos electrónicos: “Weno ps si kieres q nos beamos en kasa no puedo pq voy a salir ya k hoy…”. La normalización del lenguaje no consiste en crear reglas que sean difíciles de aprender. Se trata de facilitar la comunicación entre seres humanos.
Para ser constructivos, sería bueno intentar aportar soluciones al empobrecimiento y la incorrecta utilización de la lengua española. Supongo que la respuesta es compleja, y aquí entran diversos factores educativos y sociales.
En La Bola de Cristal, en la televisión española de los años ochenta, un asno llevaba colgado un cartel que decía: “si no quieres ser como yo, lee”.
Quizás sería bueno rescatar esa imagen del archivo.
Subscribe to:
Post Comments (Atom)
No comments:
Post a Comment